EXTREMAUNCIÓN
No
llore mi General. Ahora que se encuentra en los umbrales de la muerte, y a
pesar de que se condujo tan vilmente en su paso por la vida, no va a sufrir
tormentos eternos. Aunque sí es muy probable que sus actos lo conduzcan hacia
una penosa expiación.
¡Tranquilícese
mi General, perdón, no quise asustarlo! Usted malinterpreta mis palabras,
confunde la purga, que se refiere a purificación, con castigo perpetuo o
martirio sin fin. Aunque su recelo es entendible porque la verdad es que la
purga, necesaria para limpiar y curar, suele producir dolores tales que se
asemejan a tormentosos suplicios; ¿acaso no lo fueron esos chuchaquis malditos
después de nuestras borracheras de antaño?, ¿se acuerda? Por lo visto, mi
General, no debemos olvidar que el reestablecimiento hacia el equilibrio cuesta
y la sanación duele.
¡Cálmese,
cálmese!, no se sobresalte, no quise causarle pánico; entienda que la purga no pretende
dañar al infractor, como si fuera escarmiento por revancha, sino más bien es
una medicina amarga pero compasiva que lo va a curar de sus males.
Bueno,
ya no me alargo más, relájese y váyase tranquilo, aunque me temo que sea
demasiado lo que le pido; así que mejor dicho: ¡aguante,
aguante!, no se vaya todavía, ya le voy a decir al curita que venga para que le
de la extremaunción. ¡Suélteme, suélteme!, no se aferre, ya tenemos que
despedirnos. ¡Nos vemos, mi General!—dijo el subalterno, con potente voz,
cuadrándose ante su superior, minutos antes de que el otrora gran tirano,
convertido ahora en indefensa y asustadiza criatura, expire.